A las 20:00 hrs en punto, las luces del teatro Coliseo se apagaron…
Cada uno de los artistas, apareció sobre el escenario.
Jan Peter Genkel, Yenz Leonhardt y Julien Schmidt, entraron de negro resplandeciente; fueron los primeros en recibir los aplausos de un público lleno de fervor.
De blanco impoluto, Anne Nurmi apareció con su suavidad, ganando en la fuerza de los aplausos. Los acordes de “Schakal” dieron inicio a una noche que, en expectativa, se veía interesante.
Desde el costado izquierdo, a paso lento, majestuoso, Tilo Wolf apareció cantando… Tan solo un minuto, y el Coliseo completo se metió en el bolsillo suyo. Lejos el más gritado y aplaudido.
De ahí en adelante y por poco más de dos horas, la banda y el público, se tomaron de las manos y no se volvieron a soltar. Caminaron, corrieron, saltaron, se abrazaron, se besaron, se miraron a los ojos, se extasiaron, se volvieron a besar y continuaron, en cada segundo, viviendo en una complicidad brutal, un romance de años que demoró en reencontrarse. Uno a uno, los temas, iban reescribiendo una historia de belleza, de recuerdos, de melancolía.
La puesta en escena y el sonido, destacaron por lo pulcro. En lo musical, la guitarra de Jan, de manera extraordinaria, creaba una atmósfera de belleza, de emoción, con sutileza y fuerza, en una interpretación magistral que a ratos, ganó toda la atención. El bajo de Yenz, a la altura del sentimiento de profundidad que requería cada tema; la batería de Julien, quien solo perdió una vez la baqueta al soltarla dando golpes, marcaba los tempos de manera precisa; el teclado, con Anne y su sutileza, son una base y un fondo a gran altura, aportando magia y frescura. Tilo, y su voz profunda, grave y aguda en el momento que correspondía, se mostró preciso en los tonos, en sus movimientos, en sus gestos o con sus manos, siempre apuntando a sus compañeros, tocando guitarra o teclado, dependiendo la canción, y un soporte de luces y fondos “de telón”, que dieron en lo simple, un botón majestuoso a un concierto que terminó siendo una obra de arte bella y cuidada.
Así sonaron:
Schakal
Lightgestalt
Alleine zu zweit
Daughter of coldnesss
Nach dem sturm
Führ mich nm id sturm
Wenn unsere helden
If the world stood still
Celebrate the dark
Ich Verlasse heut dein
Komet
Alles lüge
Liebe über leben
Rote sinfonie
Aprt
Durch nacht und flut
Flamme im wind
Der Morgen Danach
Copycat
La noche, terminó dos veces, porque entre un par de bises y una despedida, vino una tercera aparición sobre el escenario, que dio término a una noche soñada, de un amor intenso, apasionado; entre un público extasiado, de bellas vestimentas, y una banda que entregó todo y más de sí, dejando enamorados y corazones plenos de amor, de melancolía, y seguramente motivados con la esperanza de un nuevo encuentro.
En el teatro Coliseo, las luces se prendieron y sonó Anathema. Cada uno de sus tres niveles, que estuvieron llenos, quedó lleno de las armonías, vítores, el sentimiento profundo y el amor que los fans tienen por esta banda sencilla y sin nade de ruido, más casi perfecta, que representan de manera esplendida una obra de arte de la más alta calidad. Un honor haber visto sobre el escenario tanta calidad, tanto sentimiento, tanta casi perfección en la ejecución; un honor haber sido testigo de este romance que es indisoluble entre las personas y este amor que se llama, Lacrimosa.
Gracias Lacrimosa. Fue un honor.


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