Ya sea por razones de idiosincrasia o por rechazo a hablar del tema, la muerte siempre ha sido un asunto del que no se habla mucho. La familia chilena, independiente del sector social al que pertenezca, evita conversar al respecto. He de dejar en claro que nunca he compartido esa opinión, es más, creo que antes de hablarle a un niño sobre sexualidad resultara más útil y necesario hablar de la pelá…
Hoy, a mis casi 30 años, al ir caminando tras un cortejo fúnebre, caí en cuenta en que la situación no me provocaba incomodidad alguna, sino más bien me sorprendí caminando y pensando con tanta naturalidad, y es que hay cosas cotidianas que me parecen incomodas como almorzar con un cliente, o comer en casa de alguien que no conozco donde la guata se me aprieta a tal punto que no me cabe ni el vaso del jugo; o como subir a un ascensor y no querer saludar a nadie teniendo que pasar por 15 pisos con gente desconocida mirando sus caras; como comprar condones en la farmacia (si, aún me da vergüenza) y podría escribir un libro entero con aquellas situaciones que me incomodan o desagradan y que quiero se acaben luego… La muerte, esa tan poco conversada, hoy me provocó infinidad de recuerdos que se fueron abriendo en mi cabeza como pequeñas cajitas guardadas bajo llave; recuerdos tristes, dolorosos, algunos más desgarradores que otros, pero que hoy al verlos pasar frente a mis ojos con lujo de detalle, ya no dolían ni desgarraban.
La mamá de mi amigo
No me gustan los cementerios ni los funerales dije en varias oportunidades, pero, ¿a quién le gustan? Me pregunté otras tantas, sin embargo hoy disfrute estar ahí, caminar sola, porque no sentí la necesidad de ir alado de alguien (claro yo no era la afectada directa), llegué sola al velorio, me paré sola en la puerta de esa pequeña capilla, y divisé a mi amigo llorar por su madre, una mujer de más de 85 años que tuvo una muerte digna y porque no decirlo, bien acompañada. Él estuvo de vigilia todos los días mientras ella agonizaba en el hospital. Aun habiendo presente varios conocidos más, preferí esta vez la soledad y el silencio, entrar y escuchar las palabras que dedican siempre los más cercanos. El primo de mi amigo, a quien conocí por primera vez en el rancio “bar Almagro” y con quien compartimos muchas cervezas, dirigía la despedida con un talento que yo desconocía. Locutor radial de una emisora de la comuna, hizo recapitulaciones de la vida de la señora, señalando sus virtudes y contando para amenizar, que habría sido ella quien le había lavado el poto desde chico, y que también de grande o más bien de viejo, le habría entregado consejos muy útiles respecto de la vida en pareja. Luego de sus conmovedoras palabras, muchas personas hicieron alcances personales sobre la señora, detalles tiernos que quizás mi amigo no conocía, pero que enaltecían más aun a su madre. Terminada esta, fase un hombre de aproximadamente 60 años, quiso rezar nuevamente e invitó a todos a hacer lo mismo; nunca falta el lejano que se atribuye sentimientos y cercanías inexistentes…
Al salir la carroza o pompa fúnebre (que nombre más aweonao), también quería ir sola pero escuché mi nombre, seguido de la invitación a ir con unas colegas. Sinceramente, disfrute ese viaje en auto hasta el cementerio, la distancia no era larga, me senté en el lado de la ventana con el vidrio abajo y para ser invierno, el día estaba precioso y con 20 grados más menos; un sol radiante me iluminaba la cara, me fui con los ojos cerrados, pasando por mi cabeza como en esos rollos de películas antiguas, imágenes de todos los funerales a los que he ido, cayendo en cuenta que eran varios y que sin duda, el primero fue fuerte, por la edad que tenía, por la persona fallecida y por las circunstancias de su muerte que contare más adelante.
Reflexioné nuevamente que sin duda, existe una diferencia abismante entre una muerte y otra. Notorio es un funeral de quien deja este mundo a una edad avanzada y en circunstancias digamos, tranquilas, que aquel que parte joven y en forma trágica. El día anterior, en la capilla, habían muchos viejitos, bastantes longevos; la mejor amiga de la difunta tenía 103 años, so conocieron desde lolas…
El día anterior, el velorio…
A pesar de no ser creyente, me gusta observar las estructuras de las iglesias, capillas y templos, ésta en particular, “Santo Domingo Savio”, ubicada en la humilde comuna de San Ramón, tenía una construcción de madera por dentro, con bigas al aire y un vitral al fondo por donde entraba escasa luz del sol. El ataúd, ubicado al medio del lugar, rodeado de flores al igual que en todos los funerales a los que he asistido. Atrapaba mi atención en forma constante, un cuadro dibujado a mano en carboncillo, del rostro de un niño feo a la derecha del ataúd, y digo feo no por referirme a la belleza superficial de las personas, sino a que el dibujo era deforme. Plasmaba a un niño de alrededor de 10 años de edad, quien miraba hacia al cielo con una boca entre abierta mal delineada, unos ojos algo chuecos y el contorno de su cara gigante, en comparación a su cuello. A pesar del ambiente de tristeza, este cuadro, le daba un toque de humor al momento, o más bien a mí me provocaba risa cada vez que lo veía; no pude evitar recordar un cuadro que llamó profundamente mi interés (que me provoca al menos una sonrisa hasta hoy) que se encontraba en una capilla de la ciudad de Penco en Chillan, en donde algún fiel, no dudo que, con mucho cariño pero cero talento, había retratado en olio al padre Hurtado, pintura que proyectaba una frente gigante, unas cejas largas y delgadas, estilo flaite, que en realidad se parecía mucho más al famoso Frankenstein que al difunto curita que ayudaba a la gente pobre con esa vocación que deberían tener todos los profesan una religión y que le gustaba dar hasta que duela…
Volviendo al funeral, la cara de mi amigo y compañero de carrera, reflejaba cansancio y pena que escondía a ratos detrás de una sonrisa sincera y palabras simpáticas al recordar distintas situaciones, si bien la muerte a los 85 años es algo latente, creo que jamás será fácil ver partir a la mamá, por sobre todo cuando existe un vínculo fuerte y especial con ella. Mi amigo es hijo único, estoy segura que su dolor era intenso pero más agotador aún debe ser tener que lidiar con todo lo que implica un velorio y funeral solo, sin hermanos ni familiares realmente preocupados.
A un costado, en otro salón, estaba dispuesta una mesa con café, té, galletas y cositas para comer. La verdad es que nunca entendí hasta ahora él porque se debe ofrecer comida a la gente, puesto que en la mayoría, por no decir totalidad de velorios y funerales que he asistido, la pena es tan intensa o la empatía era tan latente para mí, que el estómago no me permitió comer. Digo hasta ahora, porque ese 26 de junio aprendí que si la muerte llega de un modo natural y no trágico, las sensaciones son otras por lo que agradecí tener a disposición café caliente que me reavivo el cuerpo y la mente, cansada en esa tarde que comenzaba a helar. Otras tantas cosas más que me resolvió la muerte ese día, es que no me parece chocante ver a un difunto, de hecho me acerque a ese cajón a conocer por primera vez a la madre de quien fue mi amigo desde hace años, su carita delgada que reflejaba descanso y su pelo cano me transmitieron paz y calma; mientras la miraba buscaba que rasgos había heredado mi amigo de su madre y junto con desearle un buen viaje a donde fuera. me despedida de ella.
El funeral
A pesar de estar en pleno invierno, el día de su funeral salió un sol radiante, el cual influyó bastante en mis observaciones y sensaciones. Al entrar nuevamente a esa capilla, pude ver por primera vez en todos estos años llorar a un hombre que solo sabía reír, abrazado a su hijo de 14 años, quien también lloraba con mucha pena, el parecido innato de ambos parecía ofrecer una imagen actual de mi amigo, y de su niñez; decidí no acercarme pues si algo he aprendido desde mi primer funeral (11 años), es que ninguna pero absolutamente ninguna palabra sirve en estas circunstancias. Me perturba la falsa y manoseada frase “ayudándote a sentir”, como si otro pudiera cargar con tu dolor, como si su piel y su corazón, fueran capaz de sentir la inmensa aflicción que provoca la partida de un ser amado. En estos casos, solo sirven los gestos y por sobre todo el primero y más importante de ellos: tu presencia.
Existe una parte en los funerales, que a mi modo de ver las cosas resulta ser más que una necesidad de trasladar el cajón del lugar del velorio a la carroza, y algunas veces de la carroza al mismo lugar del cementerio, donde se dejará el cuerpo. Quizás para mi es la despedida más simbólica, cuando los cercanos toman el ataúd por ambos costados (en algunos casos le piden a los de la funerarias que ellos no ayuden y que solo la familia cargara con su muerto), por lo general hombres; esa imagen vista reiteradas veces lejos de ser triste, me parece noble, un último gesto de cariño y compañerismo con quien se va; compasión por quien ya no podrá más trasladarse de un lugar a otro, un “ te voy a dejar, te despido, cargándote en mis brazos por última vez”… Sin duda, muchas de estas piezas le van dando forma al proceso del duelo, el cual resulta ser uno de los rituales más tristes pero necesarios dentro de la vida de un ser humano, pues nos permite cerrar o comenzar con el cierre de un ciclo, que de no vivirlo, al menos en parte, provoca un dolor más extenso de lo necesario.
Como ya expliqué, el traslado fue en silencio, la llegada al cementerio Metropolitano igual. Observé por primera vez con otros ojos, ese día pude decirme a mí misma francamente, que me gustan los cementerios pues sentí una sensación de sosiego que otras veces no experimenté y que quizás tampoco me atreví a pensar ni menos analizar. El olor que había al bajar del auto era repulsivo, una mezcla vomitiva de olor a flores podridas, caca y el terminal pesquero, que está enfrente; pero al avanzar hacia el interior, el aire cambiada de forma radical. Un poco de viento fresco, olor a flores dulces, el sonar de las hojas de los árboles, más el canturreo de algunos pájaros que andaban por ahí, hicieron de ese funeral en particular un momento único para mi…
Me quede unas tumbas más atrás. La distribución de este cementerio es extraña o más bien diferente, pues las tumbas están construidas casi con altura y forma de una cama, pegadas una al lado de las otras. Rápidamente, salió una señora que se había desmayado el día anterior y que pertenecía al círculo de buenas amigas de la señora; pensé que de donde sacaba energía para moverse tan rápido esa vieja chica, pues a juzgar por su pelo cano y su rostro arrugado, tendría al menos 70 años. Pasaron los minutos y volvió enérgeticamente con dos bidones llenos de agua y sin que nadie se lo pidiera, comenzó a distribuir las flores y ponerles agua, como si ayudara por última vez a su amiga a poner la mesa…
De ahí, observe en silencio como bajaban el cajón y como mi amigo junto a su hijo, lloraban la partida de su amada “Yeyita”. El primo de mi amigo, volvió a agradecer a todos su presencia y con su labia, que lo caracteriza, despidió a su tía a quien reconoció nuevamente por ser casi como una madre. Yo los miraba desde atrás, se contraían sus espaldas, sentado parecía que mi amigo se encogía cada vez más después de cada suspiro de dolor. En un momento, su cabeza estaba completamente gacha, el niño parecía ser el hombre grande que lo sostenía en un fuerte abrazo; acercaron al viudo a la tumba, un hombre de 89 años que en algunos intervalos entendía lo que pasaba y en otros no. Mi amigo recuperó la postura y comenzó el desfile de gente que abraza y repite frases de buena crianza, gente que probablemente no volverán a ver nunca o quizás por algún minúsculo gesto de compasión hasta el fallecimiento de su padre; parentela que deja las “buenas intenciones” enterradas en el mismo cementerio.
Cuando creí que era oportuno, me acerque a abrazar a mi amigo, quien me miró con gratitud. Su cara reflejaba pena y por sobre todo, un cansancio y agotamiento inmensos. Volvió a sentarse frente a la tumba de su madre acompañado de otra amiga (más cercana que yo), escuche que él, con vos frágil, le decía “nunca había sentido tanta pena, en realidad, nunca había sentido pena”. Ella lo miró con ternura y compasión, él cerro la frase manifestando “bueno, tampoco he sentido pene nunca”. Después de reírme varios minutos, comprendí que mi amigo comenzaba a cerrar su ciclo…
Por Keka Stevens
